Dios no existe

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Friedrich Wilhelm Nietzsche, el gran filósofo alemán expuso en Así hablaba Zaratustra que Dios había muerto. Sin embargo, tal acepción es errada. Y lo es por la simple razón de que Dios nunca ha existido, de modo que ¿cómo puede morir? En este sentido es paradójico pensar en que las religiones siempre han expuesto que Dios creó al hombre, cuando la única realidad es que fue el hombre el que creó a Dios, o mejor, el que lo inventó.

Dios no existe

El ser humano, ingenuo, temeroso y vacilante, necesitaba algo que le diera sentido a su vida, algo que tuviera el control de todas las situaciones, algo que explicara la inequidad del mundo, y por eso los sacerdotes crearon a Dios, convencidos que era lo mejor que podía sucederle al ser humano. Era una mentira (el mayor engaño de todos, auspiciado por los sacerdotes y por la religión) que, por lo menos servía de consuelo. Sin embargo, las mentiras son dulces al comienzo, pero amargas al final.

Dios no existe pues no puede alterar nada en el mundo. No digo que no existe porque no lo podemos ver ni tocar; eso sería el exabrupto, pues tampoco podemos ver ni tocar los pensamiento, los sueños, el amor, el odio, etc.

La prueba de que no existe se encuentra fundamentada en el hecho de que no puede alterar nada en el mundo. Toda la gente hambrienta del mundo podría de rodillas suplicar, juntar sus manos y pasar su vida entera orando, rezando y pidiendo a Dios porque su situación cambiase, pero no pasaría nada. A lo mucho tendrían más hambre, o morirían de inanición, pero nada más.

Y así sucesivamente con todo. Por lo general el pobre sufre, pero se consuela en Dios y en un mundo venidero mucho mejor. Por lo general el perverso, el prevaricador, el ladrón de cuello blanco llena sus bolsillo y ningún mal extraordinario le sobreviene.

Toda esta inequidad también prueba la inexistencia de Dios, a menos que se trate de un Dios tirano, que crea a unos ricos, en colchón de plumas, que tienen la vida fácil, que crean organizaciones de ayuda y se ganan la admiración de todos; y que también crea a otros en la miseria, obligados inclusive a delinquir para sobrevivir (y a los que manda al infierno después, por haber sido «malos»).

Ese tal Dios es un loco, el peor padre, el peor demente. Sin embargo, las situaciones sociales son provocadas por el hombre y no por Dios.

Cuando se habla de Dios, se suprime la libertad del hombre. O existe Dios o existe la libertad. Si Dios existe, entonces el hombre no tiene libertad para decirle: así como me creó, des-creeme y no me vuelva a crear nunca. Sin embargo, Dios no va a escuchar tal petición. Si Dios existe, entonces el hombre no puede llegar a ser como Dios, porque se convertiría en su adversario. Es decir, el hombre no puede llegar a expandir su conciencia hasta el límite, hasta los confines del universo y más allá.

Ese Dios no pidió el permiso acerca de si uno deseaba ser creado, es un abusivo, un tirano. Pero ese tal dios no existe. Lo que sí realmente existe es la existencia misma. Y la existencia en sí misma tiene inteligencia. El cosmos mismo tiene inteligencia. Los árboles saben en qué época del año florecer, los vientos hacia donde soplar, el mundo hacia qué sentido girar, las galaxias saben en qué sentido avanzar, el universo mismo sabe cuando encenderse y apagarse.

Lo único que ha sido eterno es el espacio, la ley y la existencia. Y esa existencia entra en actividad o en reposo de acuerdo a leyes increadas.

El ser humano no necesita a Dios, lo que sucede es que si se le suprime a Dios, se sentirá vació e, inclusive, podría llegar a la locura o al suicidio, al sentir que su vida no tiene sentido. Sin embargo, si ese ser humano volviera sobre sí, buscara en sí, descubriría que no existe ningún Dios por fuera, y que todo está en su interior, que él mismo es Dios, que él mismo es la existencia, y que no dejará de existir nunca. No porque Dios lo quiera así, sino porque es la inevitabilidad de la existencia.

La existencia de la existencia es algo inevitable, y así se debe aceptar. Pero cuando el ser humano vuelca su observación y su investigación hacia el interior, esa semilla que es tiene mayores posibilidades de desarrollarse y de florecer, de convertirse en la belleza de la vida y en la fragancia. Entonces puede descubrir que es uno con la existencia, y que no puede atentar contra la existencia, que no puede causar ningún mal. Pero eso no a base de amenazas de infierno y de cielo, de premio y de castigo, sino en base a nuestro propio desarrollo, en base a nuestra propio auto-conocimiento y en base a nuestra propia auto-realización y expansión de conciencia.

Y esa existencia es lo único que podríamos denominar como Dios, pero no en el sentido en que siempre se ha pensado, como un tirano de barba sentado en un trono, rodeado de nubes, mandando rayos y centellas sobre el probre hormiguero humano.

Más que existir un único Dios, lo que siempre existirán son los Dioses, y así era la acepción generalizada en la antigüedad hasta que la religión católica impuso la creencia en un sólo Dios, a base de homicidios y de hogueras.

Dios no existe

Bibliografía ►

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