El Pensante

Tejiendo relatos. «Solo quería sorprenderlo… ¡Lo juro!»

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Solo quería sorprenderlo… ¡Lo juro!

Esa noche llegué temprano a casa, el trabajo no estuvo  duro ese día y pude regresar temprano. En mi mente la idea de llegar y encontrarlo  despierto me enloquecía de dicha, planeaba en mi cabeza, inocente de lo que ocurriría, una noche romántica con vino que acababa de comprar  y placer; pensaba ingenuamente que con eso llenaría los vacíos que dejaba el trabajo entre nosotros dos.

La lluvia caía cada vez más duro, como anunciándome la tragedia, pero no la quise oír, hacía mucho tiempo que había dejado de oír la lluvia, las flores, el aire, hacía tiempo que no vivía, era un zombie  producto de una sociedad consumista que cada vez se hundía más en su propia miseria y rutina: números, café, números y más café, fin de mes un sueldo que apenas cubría mis necesidades y la certeza de que el mes entrante sería igual. Al principio me fue difícil adaptarme a una rutina tan horrenda, durante mi adolescencia siempre critiqué  a las personas robot, así solía llamarlas; ahora me había convertido justo en eso que tanto odiaba y criticaba.

Mi único escape a esa vida sin dirección y a la vez con metas firmemente trazadas, era él.  Lo conocí en un parque, fue tan hermoso ese día, ¿cómo olvidarlo? Él estaba allí sentado, con su guitarra y su voz mágica haciendo un poco más alegre con sus canciones la vida de personas infelices como yo, mi meta de ese día era clara, el suicidio que siempre estaba entre mis planes, él quizá vio mi rostro y entendió que quería abandonar la vida, justo cuando pasé a su lado me sonrió y detuvo la canción, me invitó a sentarme junto a él y acompañarlo, pero nisiquiera me percaté de lo que me dijo, seguí caminando, como una mujer que se abandona a sí misma, porque después de todo eso era yo… Pero él se paró y corrió hacia mí, me tomó de la mano y me detuvo, en su mano izquierda llevaba la guitarra, cuando alcé la vista y vi su rostro entendí que era  con él, con su sonrisa y su cabello largo y despeinado que quería levantarme todos los días del resto de mi existencia, existencia que de no haber sido por él no hubiese tenido más.

Ahora ya llevaba años a su lado, lo amaba tanto, el tiempo ya había hecho estragos en nuestros espíritus y nuestros cuerpos, pero aún así seguíamos juntos, la rutina se había apoderado de mí y ya no lo hacía feliz.

Por eso quería sorprenderlo una lluviosa noche de lunes.  Caminé desde el trabajo hasta la casa, la lluvia me besaba con fuerza. Llegué a casa por fin, toqué pero nadie abrió, busqué  entre mi bolso las llaves y abrí la puerta, al entrar oí gemidos, al principio me aturdí luego de un rato descubrí que eran de una mujer y que provenían del segundo piso, despacio subí las escaleras y la puerta de mi cuarto, de nuestro cuarto, estaba medio abierta, pude distinguir la espalda de una mujer que se asomaba por las sábanas blancas, sábanas que yo había puesto el día anterior.

La mujer seguía gimiendo y retorciéndose sobre los miembros del hombre que un día me dio una razón para vivir y ahora me daba otra para morir. Las manos de él le acariciaban la espalda a esa linda mujer que ahora lo hacía sentir  hombre, en la cama donde yo algún día también lo hice. No soporté más la escena, retrocedí unos pasos y llamé la razón, no sabía si entrar y descubrirlos de nuevo, poder gritarle a él el dolor que sentía, el odio que me invadía y se apoderaba de mi por completo, o simplemente irme, desaparecer de su vida, así como desaparecí de la mía hacía ya tiempo. En un intento desesperado por calmarme me tapé la boca para evitar que oyeran mis sollozos, las lágrimas brotaban de mis ojos a goterones,  como la lluvia del cielo, que hacía solo unos instantes me había avisado la tragedia y no la quise escuchar.

Duré no más de dos minutos atragantándome con mi propio llanto y mi dolor, dolor que solo yo comprendía; me sentía menos mujer, después de todo buscó en brazos de otra el placer que quizás yo no le brindé, la belleza que yo había perdido hacía tiempo.

Mientras pensaba, la mujer no paraba de gemir y luego empecé a oír Su voz, también gemía, gritaba de placer y yo solo me limitaba a oír, se gritaban entre ellos, ella lo hacía dueño de todas sus fantasías sexuales gritándole cosas que quisiera nunca haber oído.

Luego de un rato tirada en el piso, sentí de nuevo el llamado de la vida, olí flores frescas y bajé las escaleras, suavemente fui hasta la cocina, abrí el refrigerador y saqué una cerveza, encendí un cigarrillo mientras las lágrimas al igual que los gemidos de la mujer de arriba, cesaban.  Puedo decir con certeza que hacía años no disfrutaba tanto de una cerveza y un cigarrillo, el olor a vida me llamaba, terminé mi cerveza, encendí otro cigarro, ya sabía qué tenía que hacer, el cuchillo que reposaba en la mesa pasó a mi mano y el aroma a flores frescas lo percibía cada vez más cerca, ah! Como extrañaba yo los días en que olía flores junto a mi guitarra y buscaba mariposas posadas en los arbustos, extrañaba los días en que oía los cantos del viento y la risa del agua, extrañaba los días en que … vivía…

Subí de nuevo las escaleras, no me importó esta vez hacer ruido, abrí completamente la puerta y los vi allí. Estaban abrazados como dos seres que se aman, abrazados como un día yo lo abracé a él. El ruido de la puerta al abrirse los hizo percatarse de mi presencia. Recuerdo muy bien su expresión de sorpresa, me vio a los ojos pero le parecieron muy feos y bajó la mirada… y ella, ella sólo trataba de vestirse torpemente.

No me dijo nada, no había nada que pudiera decirme… mientras yo sólo pensaba a cuál de los dos asesinar primero. Me decidí por ella, finalmente fue más el hecho de que fuera joven y bella lo que más me hería, así que tomándola por el cabello introduje el cuchillo en su vientre tantas veces como me fue posible, la sangre no se hizo esperar  y el olor a flores frescas invadía mi olfato, podía oír el canto de la lluvia al caer sobre el tejado; terminé con ella y caminé hacía él que permanecía inmóvil, no creo que me creyera capaz de hacer algo como lo que acababa de hacer,  lo tomé también por el cabello, pero él de un golpe se soltó y me  empujó, recuerdo tanto su expresión de desconcierto y sorpresa, caí al piso levantándome casi inmediatamente y arremetiendo de nuevo contra él, contra su pecho, contra su rostro, contra sus ojos y su sonrisa, clavé el cuchillo en su carne mientras me veía, joven con una guitarra en el patio de mi casa uniendo acordes y creando lindas melodías, a mi lado, un jardín de flores humedecidas por el rocío y el viento levantando mi cabello y haciéndome soñar, las mariposas jugueteando a mis espaldas y una sensación de tranquilidad y paz.  No estoy segura de cuánto tiempo duré en letargo, sólo sé que fue el suficiente para sentirme viva otra vez…

Todavía tengo su sonrisa guardada en el alma y su sangre seca en mi rostro. Ahora puedo decir que logré mi objetivo, finalmente lo pude sorprender aquella noche de lunes…

Relato cedido a T.E.M por Andrea Galarza. (Todos los derechos reservados por la autora)