El Pensante

Abenjacán el bojarí, muerto en su laberinto

Literatura - agosto 13, 2016

Con el título de Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto, se conoce a un cuento nacido de la pluma del célebre escritor argentino Jorge Luis Borges, el cual forma parte de los relatos compilados en el libro El Aleph, el cual fue publicado por primera vez en el año 1949, gracias al trabajo de la editorial Lossada SA.

Imagen 1. Abenjacán el bojarí, muerto en su laberinto

Descripción

En este cuento, su autor plantea un ejercicio narrativo en donde a través del diálogo sus personajes van reconstruyendo la historia vivida en un majestuoso laberinto, ubicado en Inglaterra, el cual visitan. De acuerdo a la crítica, a pesar de las circunstancias puntuales de este relato, la mayoría de los expertos en Literatura han señalado que Borges dibuja un mapa estructural de cómo debería ser escrito un cuento policial (una pared circular, tan extensa que no puede verse su curvatura, pero que conduce a la única habitación central que tiene el laberinto).

De esta forma, el cuento policial se perfila para Borges como un laberinto circular, en donde los misterios –simples o complejos- van sucediéndose uno tras otros, en lo que parece ser una línea narrativa, aun cuando en realidad sea una estructura circular, la cual va llevando al lector al centro del relato, en donde yace el principal misterio y su solución. Así, sus protagonistas, Dunraven y Uwin rememoran la historia de Abenjacán el Bojarí, para recordar la versión que se transmitió en la historia y descubrir –a través de la palabra- la verdadera historia encerrada en la cámara principal de este laberinto literario.

Resumen

Este cuento de Jorge Luis Borges comienza ubicando a sus protagonistas Dunraven (escritor) y Unwin (matemático) frente a una gran extensión, que el primero señalaba al segundo como tierra de sus mayores. Luego de la descripción de sus personajes por parte del narrador omnisciente, Dunraven comienza a narrar la historia de Abenjacán el Bojarí, y cómo murió en la cámara central de su propio laberinto, en manos de su primo Zaid, aun cuando el crimen en sí continuaba siendo un misterio.

Ante esta afirmación, Unwin preguntará el por qué, a lo que Dunraven emitirá una lista sucesiva de misterios, la cual será rechazada por Unwin, quien recuerda que el mismo Poe ha dicho que los misterio han de ser simples… Dunraven refutará que también pueden ser complejos, como el Universo.  Finalmente frente al laberinto, los jóvenes aventureros tendrán la sensación de estar frente a una larga e infinita pared, que a pesar de parecer derecha, en realidad es un círculo. Adentrándose en la construcción, la cual cada vez se convertía en una complicada y hostil ruta, los viajeros decidieron avanzar siempre hacia la izquierda a fin de conseguir conquistar la cámara central de la construcción.  

Mientras transitaban los estrechos pasadizos, Unwin escuchó, en las sombras, de la boca de su amigo Dunraven, la historia del soberano que había construido el laberinto, con qué fin y las extrañas circunstancias de su muerte. Así, Dunraven contará la primera vez que vio en persona a Abenjacán el Bojarí, quien iba acompañado de un esclavo negro y un león, y aun cuando era la primeras vez que veía un hombre negro y a un felino de esta estampa, a Dunraven lo sorprendió sobre todo Abenjacán el Bojarí, a quien describió como un hombre muy alto y de andar inseguro. Sin embargo, Dunraven lo pudo identificar a éste como un rey, bautizándolo incluso como el Rey de Babel.

Un tiempo después de su llegada –continuará Dunraven- el soberano extranjero causaría conmoción en la ciudad al pretender construir un laberinto, cosa no bien vista entre cristianos. Para evitar oposiciones, el soberano se presentó en persona en la Rectoría, a fin de solicitar el permiso y contarle al rector las grandes desgracias y castigos que lo obligaban a construir un laberinto para encerrarse en el centro de él.

Según narró Abenjacán, venía huyendo del fantasma de su primo Zaid, con quien había escapado llevando un gran tesoro. En compañía de su esclavo negro, un león y su primo, se habían escondido en una caverna, y a pesar de que Zaid era un cobarde, y él un valiente, el primero había dormido toda la noche, mientras que él no había podido. Tomada su determinación, decidió matar a su primo, para no tener que compartir el tesoro. Éste murmuró unas palabras antes de fallecer, que Abenjacán solo pudo comprender en un sueño, donde le fue revelada la intención de Zaid de perseguirlo a donde fuera para borrarlo de la faz de la tierra. El esclavo le destrozó el rostro con una piedra y huyeron. Ahora deseaba construir un laberinto para poder ocultarse de ese fantasma que quería atacarlo.

Recibido el permiso, y construido el laberinto, una vez Abenjacán se presentó temblando de miedo a la oficina del Rector, diciendo que Zaid había llegado al puerto, y al laberinto, había matado al esclavo, al león y ahora vendría por él, por lo que necesitaba protección. Sin embargo, presa de un gran miedo, huyó. El rector –quien en principio lo creyó loco- decidió que su deber ante todo era ir a comprobar si realmente había habido un crimen en el recinto. En efecto encontró al esclavo y al león muertos, y en el centro de la cámara a Abenjacán.

Cuando Unwin le preguntó a Dunraven cómo habían muerto, éste le respondió con satisfacción que a los tres le habían destrozado la cara con una piedra, después de lo cual se cree que el fantasma volvió a huir en barco. Ante el relato, Unwin le dirá a Dunraven que éste era mentira, consiguiendo la ira de Dunraven. Por fin llegaron a la cámara central, donde decidieron pasar la noche. El matemático durmió tranquilo, mientras que el poeta casi no pudo conciliar el sueño pensando en versos inestables que lo atormentaban.

A la mañana siguiente, Unwin despertó creyendo que había encontrado la resolución del misterio. Después de cavilarlo en silencio, decidió comunicárselo a Dunraven. Para este matemático el misterio consistía precisamente en la inseguridad y cobardía que rebelaban las actitudes de Abenjacán, y que no coincidían con su propia afirmación de ser el valiente, mientras que Zaid era el cobarde. Así, Unwin pudo dilucidar que aquella vez en la cueva, el Rey no mató a Zaid, sino que éste huyó con el esclavo, el león y el tesoro, cruzando los mares para llegar a esa tierra y construir un gran laberinto para atraer al verdadero Abenjacán.

De esta forma –pensó Unwin- el laberinto era un señuelo puesto para atraer a Abenjacán. Al cabo de los meses cumplió su cometido, y el verdadero Rey llegó hasta el laberinto, en donde Zaid, quien lo había visto llegar lo esperó. La vida del verdadero Rey fue acabado por una bala. La misma muerte recibieron el esclavo y el león. Zaid también destrozó la cara de los tres para dejar el velo del misterio y poder huir con un tesoro, dilapidado en verdad, pues su móvil nunca fue la codicia, sino el odio y el temor.

Imagen: pixabay.com