La pobreza detrás de las fiestas colombianas

Esta crónica periodística refleja claramente, el panorama de un país destruído socialmente, cuyo Gobierno pretende distraer la atención de las gentes a través de grandes festividades y efemérides que se confunden con cultura, pero que detrás de todo solo hay corrupción, pobreza, degeneración y mucho más.

Decidimos vivenciar en carne propia el crudo realismo de uno de estos eventos donde la cerveza y el licor priman sobre todo; nos dirigíamos hacia el Festival de Bandas de Paipa. El reloj marcaba las 5:30 PM, y había trascurrido una hora y 15 minutos desde que un grupo de reporteros, esperábamos un bus rumbo a uno de los eventos más famosos de Colombia, al cual asisten miles de personas de distintos puntos de Colombia. Había mucha gente esperando el mismo bus y la cosa se hacía desesperanzadora.

Uno de esos momentos en que la desesperación y la ansiedad, mezclados con el cansancio y con el estrés, eran los culpables de una que otra grosería, especialmente, cuando los buses parecían tener la intención de recogernos, pero no era más que un amague que satisfacía la morbosidad de los conductores, al deleitarse viendo la cara de los ingenuos que veíamos cómo arrancaba a toda velocidad, cuando creíamos que, luego de tanto aguardar, nos marcharíamos.

Cuando arribamos a la Ciudad Turística, ya de noche, se nos hacía extraño que en la Concha Acústica, donde se presentarían las bandas, reinara el silencio y la soledad. No había casi nadie. Le preguntamos a un policía a qué hora comenzaría el evento y nos dijo que a las 11. Desconcertados por el horario, nos fuimos a dar un paseo que cambió los planes por completo.

Recorriendo las calles atestadas de vendedores ambulantes, y uno que otro borracho, nos preguntamos: ¿cuál es el lado oscuro del evento de “las bandas”? La respuesta estaba al frente de nosotros: en una parte de la sociedad que suele pasar inadvertida en esta clase de espectáculos, gente que vive de vender perros calientes, pinchos, choripapas, pizza, fritanga, tintos, licores y otra clase de productos, típicos en este tipo de fiestas nocturnas callejeras; en los borrachos, en los ladrones, en los menores de edad ebrios, en las peleas y en la policía.

María Adelaida Grimaldos, vendedora ambulante, se gana la vida yendo de feria en feria vendiendo tinto y agua aromática, los cuales envasa en cuatro termos que carga en una mochila de lana. Tiene 4 hijos, “los dos mayores trabajan en Aquitania en un sembradero de cebolla, los otros dos, estudian la primaria en la escuela de Tota, y a veces me acompañan a trabajar como hoy”, dijo.

Daniel Esneider y Fabián Albeiro, los hijos menores de María Adelaida, el primero con 13 y el segundo con 11 años de edad,  trabajaban junto con su madre, y representaban la única protección de ella.

Así como esta señora poco privilegiada por la economía del país, aproximadamente, unos 200 comerciantes más del “rebusque”, aquella noche, tenían la expectativa de una buena venta. Eso fue lo que encontramos en la primera fase de nuestro recorrido, el producto social de la “plausible” Seguridad Democrática del señor Presidente, quien al parecer, desconoce la existencia y las condiciones de estas personas.

En seguida, nos enfocamos en algo aún más preocupante: niños con menos de 15 años en un estado lamentable de embriaguez y sin rastro alguno de la vigilancia de sus padres o de algún adulto responsable. Y seguían surgiendo los interrogantes, ¿qué hace la policía?

Como algo inesperado, la respuesta se nos presentó de la nada. Mientras nos cuestionábamos acerca del asunto, se nos ocurrió llamar a dos compañeros, quienes también cubrían el evento, y tal fue la sorpresa, que hacía una hora los habían detenido disque por “uso indebido de la información”.

Desde ese instante, encendimos la cámara de video y nos dirigimos a la comandancia de policía a investigar el porqué de lo acontecido y a tratar de liberar a Luis Emilio y a Rubén Darío, nuestros compañeros. Cuando llegamos, ellos, junto con la teniente Cabezas, comandante, estaban en la puerta del recinto. “¿ustedes por qué están grabando? Me hacen el favor de apagar esa cámara y de borrar lo que grabó si no quieren que también los arreste como a sus amigos”, nos  advirtió  exaltada.

“¿Qué delito o infracción a la Justicia estamos cometiendo?”, preguntamos. “ustedes están violando mi intimidad. No quiero salir en sus grabaciones y no le repito que apaguen la cámara”; sin embargo, nos resistimos a obedecer e insistíamos en que se nos mostrara la prueba tangible, el documento que certificara que en verdad estábamos violando la ley. “¡Cubillos!, tráigame la Constitución”, gritó la teniente.

Cubillos, muy obsecuente, en un segundo, trajo la Constitución Política de Colombia, y pensando en argumentar su complejo, la comandante buscó, ansiosa, el primer artículo que apareciera del manejo de información, pero lo que consiguió fue “echarse la soga al cuello”, como dicen popularmente. Apresurada por callarnos y lograr su objetivo de hacernos borrar lo que aún continuábamos grabando, leyó el artículo 20 de los derechos fundamentales: “Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura”.

Los allí presentes, incluyendo a Cubillos y a dos agentes más, no pudimos aguantar la risa y la oportunidad para decir: “¿ya ve? Usted misma lo ha dicho”. Al verse perdida, no tuvo más opción que confesar que siente alguna especie de fobia por las cámaras, debido a que “los periodistas interrumpen la labor del oficial, cuando llegan a filmar y después publican abusos por parte de la policía”, añadió. En esa discusión sin sentido, a pesar de considerar que perdimos bastante tiempo, en realidad respondíamos la pregunta que nos formulábamos antes, cuando veíamos a los menores de edad borrachos en las calles, ¿qué hace la policía?

Ya eran las 11:30 PM, y gozando de plena libertad, seguimos con nuestra labor de escudriñar el lado oscuro de “las bandas”, y nos encontramos con lo que no puede faltar en las ocasiones festivas en las que la gente aprovecha para consumir alcohol de manera irresponsable, las peleas callejeras.

¿Por qué la gente acostumbra a golpearse unos con otros por motivos irrelevantes, cuando están bajo el efecto del licor?

El machismo, infortunadamente, sigue resaltándose en la personalidad de los colombianos y es el factor motivante, aparte de las bebidas alcohólicas, para que, como si se tratara de algo enorgullecedor, se coja a golpes al primero que se tropiece con otro, o al que mire la novia de uno de estos personajes neuróticos que abundan por desgracia.

En una de las muchas peleas de esa noche, tuvimos la oportunidad de entrevistar a un joven que golpeó de forma brutal a otro:

¿Por qué razón lo agredió? “porque estaba con mis amigos y el man me miraba como rayado como si le debiera algo, y cuando pasó por aquí, me hizo regar la cerveza que me estaba tomando y no aguanté y me hice respetar”, contestó. Eh ahí otro causal de las riñas: la idea de que para hacerse respetar se requieren los puños.

Así como este caso, a lo largo del evento, nos tropezamos con varios de la misma índole. Un ejemplo claro de la variable conducta humana que en sucesos “culturales” de esta especie, se altera no para bien, sino en retroceso hacia nuestra animalidad.

Cuando finalizó todo por ese día, ya el sábado 04 de octubre, a las 2:10 AM, la Concha Acústica se desalojó en un santiamén, y comenzaba el calvario del transporte nuevamente. Como dicen por ahí: “como se empieza se termina”, y se aplicó para nosotros. Esta vez, la espera no fue tanta, aunque 40 minutos es una exageración, buscando el modo de llegar, por fin, al hogar, dulce hogar.

A las 2:52 AM, un taxi de Duitama que retornaba a la ciudad, recogió a siete personas que cupieron en éste, como muchos payasos en un carro diminuto, en las películas de humor clásico, entre las que nos contamos. En esos momentos, el machismo se extinguió: los siete personajes éramos hombres e íbamos uno, en las piernas del otro.

En el camino concluíamos que al igual que muchos, veníamos enfocados en la acción que se presentara en la tarima con las bandas, pero gracias a no tener una escarapela que nos certificara como prensa, como dos turistas de bajo perfil, vivimos una parte del lado oscuro detrás de bambalinas.

La pobreza detrás de las fiestas colombianas

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