China, la Guerra del Opio y el Siglo de Humillación, parte 4

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La caída del General Sengge

La Toma de Tianjin

Finalizamos el artículo anterior con la primera derrota real de las tropas europeas en suelo chino: la defensa exitosa por parte del General Sengge de los fuertes de Taku. Para el desmoralizado ejército chino esta victoria fue como un bálsamo que impulsó la resistencia a los conquistadores europeos a lo largo y ancho del territorio nacional.

Pero en últimas los europeos tenían mejores soldados, mejores armas y mejores líneas logísticas de abastecimiento. Lo que es peor, la finalización de la Rebelión India puso miles de hombres a disposición del ejército británico y le permitió retomar los ataques con mucho más fuerza. El General Sengge era competente, pero no podía vencer a un ejército con una tecnología cien años por delante de la suya propia.

Un año después de la derrota británica en el fuerte de Taku los europeos se movilizaron una vez más con el ánimo de conquistar dicha fortaleza y, de paso, obtener control sobre la cercana e importante ciudad de Tianjin. Esta vez su ejército era mucho más grande: 17 mil hombres y 173 navíos (comparados con 2.200 hombres y 21 navíos el año anterior) que le permitieron a los europeos avanza rápidamente hacia el fuerte sin temer represalias chinas.

Fue en estas batallas cuando comenzó a hacerse presente un fenómeno interesante: el apoyo constante de innumerables campesinos y ciudadanos chinos a las fuerzas invasoras. En este periodo los europeos aún no eran vistos por toda la población como conquistadores ilegítimos, sino que ante muchos eran los liberadores de una dinastía corrupta e ineficaz que había llevado la ruina el otrora glorioso Imperio Chino.

Tras un asedio de tres semanas, tanto el Fuerte como la ciudad de Tianjin fueron capturados por parte del ejército británico francés. El ejército chino quedó relativamente intacto, y se batían retirada hacia la capital imperial, la ciudad de Pekín, donde se apertrecharon para esperar la ofensiva final de los europeos.

El incidente del emisario Parkes

Entretanto, al Emperador le habían llegado noticias de que los europeos habían abusado su posición en Tianjin al punto de encarcelar al prefecto de la ciudad, una figura considerada de vital importancia por las autoridades chinas. Por esta razón, el Emperador tomó la arriesgada decisión de crear, en venganza, al emisario británico Harry Parkes, quien además fue aparentemente muy ofensivo con los diplomáticos chinos.

El asunto fue que la mitad de la tripulación que viajaba con Parkes fue torturada y ejecutada cruelmente por los chinos, algo que como se imaginarán género profunda indignación y deseos de venganza en los líderes británicos. Con este acto el Emperador, que quizás aún no se daba cuenta del peligro que corría, terminó de sellar su suerte definitiva.

El final de la caballería mongola

Como vimos antes, el General Sengge era un militar brillante y un buen estratega. Hacía parte de los cuerpos de caballería mongoles, una de las herramientas más temidas del Ejército Imperial Chino.

Pero los tiempos de los que los fusiles habían casi evolucionado a ametralladoras los tiempos de la caballería habían pasado. Durante el último asedio a Pekín el General dirigió una heroica carga de más de diez mil jinetes de caballería pero fue completamente incapaz de romper las líneas europeas, cuyo fuego sostenido terminó por aniquilar la caballería mongola. Sin nada que los detuviera, los europeos entraron a Pekín para encontrar que el emperador Xianfeng había huido de la ciudad. Tras quemar el Palacio de Verano como respuesta al asesinato de los emisarios británicos, obligaron a los chinos afirmaron tratado muy desventajoso en el cual, entre otras, se legalizaba definitivamente el comercio de opio, se pagaba una jugosa indemnización a Francia e Inglaterra, se cedían considerables territorios a estos dos países y además a Rusia, y en fin se le daba a los europeos todo lo que habían pedido y más.

La firma del tratado de Tianjin

La Rebelión Taiping y el fin de la arrogancia china

Para el Emperador estaba claro que China no tenía la fuerza que él creía que tenía. El país, que supuestamente era el más civilizado y desarrollado del mundo, había sido humillado profundamente por unas pequeñas monarquías ubicadas más allá de cualquier territorio conocido. Pero había poco tiempo para llorar las pérdidas: los rebeldes de Taiping amenazaban con tomarse el país.

La Rebelión de Taiping había de hecho comenzado en 1851, antes de la Segunda Guerra del Opio. Sin embargo, mientras los europeos vencían a ejército tras ejército imperial era muy difícil para el emperador fijarse en los rebeldes y encontrar los medios para derrotarlos de manera definitiva.

Afortunadamente para el Emperador, los rebeldes de Taiping no tenían muy claros sus propósitos más allá de crear un Reino Cristiano donde el comercio fuera abolido y los sexos vivirán separados unos de otros. Al contrario que muchas otras rebeliones en el pasado de China, no seguían la tradición de Confucio y por ello desecharon desde el principio el concepto de una buena gobernanza esos territorios, factor que llevó a que muchos habitantes del campo optaran por apoyar a las tropas imperiales. Con todo, le tomó a las tropas imperiales más de 20 años aniquilar definitivamente los últimos reductos de resistencia y, irónicamente, necesitaron de la ayuda de los europeos para conseguirlo.

Para 1871 estaba claro que China era un país en decadencia, y se iniciaron profundas reformas con el objetivo de ponerla al nivel de las potencias europeas. Sin embargo, la ineficacia y corrupción del gobierno chino impidieron que estas reformas funcionasen (como sí lo hicieron en Japón), por lo que la humillación aún no había terminado. De hecho, el siglo de humillación acababa de comenzar.

Batalla de la Rebelión Taiping

El Siglo de Humillación

Se venían años duros para la otrora gloriosa nación china. No sólo su gobierno probó ser demasiado corrupto para dirigir el cambio, sino que sus ejércitos perdieron dos guerras consecutivas: el conflicto con Francia entre 1884 y 1885 y el conflicto con Japón (o guerra Sino-Japonesa) entre 1894 y 1895. Este último conflicto fue particularmente humillante porque Japón siempre había sido un país subordinado los intereses de China y era la primera vez que lograba derrotar a su antiguo maestro.

En ambos casos el emperador se vio obligado a ceder territorios (el puerto de Tonkín en la guerra con Francia y, más grave aún, la isla de Taiwán en la guerra con Japón) y a firmar tratados que beneficiaban a la nación invasora y obligaban a China a pagar cuantiosas indemnizaciones de guerra. Entretanto, un creciente movimiento nacionalista tomaba fuerza en el país poniendo en peligro la solidez del gobierno imperial y amenazando con una revolución.

Para colmo de males, cuando dicha rebelión ocurrió (no contra el emperador, sino contra los invasores occidentales) una alianza de 8 países (Japón, Rusia, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Alemania, Italia y Austria Hungría) invadió una vez más el país con el objetivo de proteger a sus ciudadanos allí presentes y obligó al gobierno de nuevo a ceder ante las peticiones de los extranjeros. La rebelión fue bautizada como la Rebelión de los Bóxers (o los puños sagrados) y consistió en el ataque sistemático a las poblaciones cristianas, nativos extranjeras, presentes en China. Al día de hoy los cristianos asesinados en esta rebelión son considerados mártires por la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa.

 

Soldados japoneses en la Primera Guerra Sino-Japonesa

Y siguieron los ataques a China. En 1904 tropas británicas provenientes de la India atacaron el Reino de Tíbet, entonces un protectorado de la Dinastía Qing de China. Si bien las tropas se retiraron el año siguiente el asunto llevó a la independencia efectiva del Tíbet durante las próximas décadas, algo que no había ocurrido en casi mil años de historia.

Si recuerdan, el artículo relativo al último emperador de China Pu Yi mencionó la finalización del gobierno Imperial en 1912 y la creación de un gobierno republicano al estilo occidental. Se suponía que con esto China por fin comenzaría su camino hacia la modernización y conseguiría igualarse a las potencias europeas y a Japón, países con ejércitos modernos, economías industriales y gobiernos eficaces. Sin embargo, una vez más los chinos se quedarían cortos y en 1915 se verían obligados a firmar los llamados “21 tratados” con Japón. El pequeño país insular, que acababa de ganar una dura guerra con Rusia, garantizó así control indirecto de vastos territorios de China, incluyendo Manchuria. Una vez más, China tuvo que ceder territorios para garantizar la supervivencia del país, y quedó claro que era profundamente inferior a Japón. Y fue aquí donde ocurrió quizás el suceso más decisivo en lo que sería la historia china del próximo siglo: la rebelión de los comunistas, que comenzó en 1927 y llevaría a la eventual victoria de las tropas de Mao Zedong sobre el gobierno militar del Kuomitang.

Pero el siglo de humillación aún no había terminado. Faltaba elemento más cruel, el más terrible los sucesos que habrían de ocurrirle a la otrora gran potencia de oriente. Estamos hablando, por supuesto, de la Segunda Guerra Sino Japonesa, que enfrentaría a la ahora República China a un invasor decidido y tremendamente cruel: el Imperio de Japón. Quizás la más dura de las humillaciones y el más cruel de los tratos ocurriría en estos años por venir. Pero de este tema hablaremos en el próximo artículo: el último de nuestra serie sobre China.

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Imágenes: 1: webs.bcp.org, 2: lookandlearn.com, 3, 4 y 5: wikipedia.org

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